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Cómo comunicarse eficazmente entre padres e hijos ante los conflictos

Cómo comunicarse eficazmente entre padres e hijos ante los conflictos

Posted on 12 June 2013 by elprogreso

La mayoría de las personas nos sentimos perturbadas por los conflictos y tratamos de evitarlos. Por lo tanto, en lugar de enfrentar los problemas directamente, a menudo desarrollamos formas ineficaces de comunicación que hacen difícil resolver las situaciones complicadas con otras personas. Cuando el desacuerdo ocurre entre un padre y un hijo, establecer una comunicación efectiva es aún más difícil.

Sin embargo, el conflicto es una parte normal de la vida cotidiana; nos ayuda a aprender y a madurar. Y cuando el conflicto se resuelve con inteligencia y tino, en vez de debilitar, fortalece nuestras relaciones interpersonales. Si usted y su hijo pueden trabajar de mutuo acuerdo para buscar soluciones aceptables para asuntos complejos, ambos saldrán ganando. Manejar una situación de esta manera elimina la discordia y fortalece los lazos entre padres e hijos.

 

Formas ineficaces de comunicación

Debido a que puede ser difícil enfrentar un conflicto, las personas desarrollan muchas formas ineficaces de comunicación durante una crisis. Vea si usted se reconoce, o reconoce a su hijo, en cualquiera de las descripciones siguientes

El gritón: Cuanto más grito, más probabilidades tengo de salir con la mía utilizando intimidación.

El indiferente: Voy a ignorarte hasta que te sientas tan culpable y desdichado que termines por darme la razón.

El manipulador: Voy a tergiversar los hechos y utilizar tus debilidades para sacar ventaja.

El desentendido: Cuanto más ignoro el problema, más grande se vuelve. Pero voy a seguir insistiendo en que todo está bien.

El llorón: Seguiré derramando lágrimas hasta que no puedas resistir verme llorar y finalmente te des por vencido.

El acusador: Si te sigo diciendo que eres el único culpable de la situación, a la larga lograré convencerte de que es así.

El quejoso: Al igual que el que llora, llegaré a agotarte con mis constantes quejidos y lamentos.

El mandamás: Yo ganaré automáticamente la discusión porque tengo la personalidad más fuerte, o si no, porque soy yo quien dicta las reglas.

Formas efectivas de comunicación

Afortunadamente, con un poco de esfuerzo los métodos ineficaces de comunicación pueden reemplazarse con métodos prácticos y funcionales. Vea si usted y su hijo pueden asumir algunos de los roles siguientes, y resolver los conflictos de forma más efectiva:

El atento: Presto atención a lo que estás diciendo, y te puedo explicar, en mis propias palabras, que realmente comprendo la situación y tus sentimientos con respecto a ella. No te voy a interrumpir cuando estés hablando, y pensaré bien en lo que has dicho antes de responderte.

El responsable: Reconozco que un problema tiene dos caras, y asumo responsabilidad por mis palabras, actos y sentimientos. Haré comentarios utilizando la palabra Yo, aceptando mi responsabilidad en lugar de culparte y ponerte a la defensiva.

El explorador: Conozco mi lado del problema, pero quiero comprender mejor el tuyo. Te haré preguntas para entender mejor tu posición y te pediré que me expliques cuando me sienta confundido o cuando no esté de acuerdo.

El apaciguador: Pese a que estamos enfadados, me comportaré de una manera respetuosa. Hablaré en forma positiva y validaré tu posición cuando sea apropiado.

El colaborador: Reconozco que el acuerdo mutuo es la clave para resolver un conflicto; por eso me concentraré en unir nuestras fuerzas para encontrar la mejor manera de poner fin al forcejeo. Te pediré que ambos practiquemos la técnica del toma-y-daca, y sugeriré soluciones justas para que podamos transigir y llegar a buen arreglo.

 

Consideraciones especiales

Recuerde que su hijo todavía está creciendo. Si usted lo trata como si fuera inmaduro, se comportará como tal. También comprenda que su hijo lo ve a usted en una posición de poder y tal vez ya esté a la defensiva. Sea comprensivo con sus ideas y sentimientos, y sea razonable cuando establezca tanto expectativas como límites. Lo más importante, sin embargo, es recordar que es usted quien le dará el ejemplo en la resolución de un conflicto; por eso debe tratar de mantenerse sereno, racional y respetuoso. El comportamiento y la forma de comunicación de su hijo se verán directamente influenciados por sus propios actos y técnicas de comunicación.

 

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El desarrollo normal en la adolescencia

El desarrollo normal en la adolescencia

Posted on 29 May 2013 by elprogreso

Los padres frecuentemente se preocupan por los cambios que sufren sus hijos adolescentes. La información que presentamos a continuación puede ayudar a los padres a entender esta fase del desarrollo. Cada adolescente es un individuo, con una personalidad única y con intereses propios, sus propios gustos y disgustos. Sin embargo, hay numerosos factores comunes en el desarrollo que todos confrontan durante los años de la adolescencia.

Las emociones y el comportamiento normal del adolescente en los años de la escuela intermedia y de los primeros de la secundaria se describen a continuación.

 

Movimiento hacia la independencia

* Lucha con su sentido de identidad

* Se siente extraño o abochornado consigo mismo y con su cuerpo.

* Se mira a sí mismo, alternando entre las altas expectativas y un pobre concepto sobre sí mismo.

* Lo influencian los amigos en su modo de vestir y sus intereses.

* Tiene un humor muy cambiante.

* Mejora su habilidad en el uso del lenguaje y en su forma de expresarse.

* Demuestra menos su afecto hacia los padres, e incluso ocasionalmente se pone grosero.

* Se queja de que los padres interfieren en su independencia.

* Tiene la tendencia a regresar a comportamientos típicamente infantiles, particularmente cuando está bajo mucho estrés.

La búsqueda de la independencia por parte del adolescente se presenta como un aspecto normal en su desarrollo y el padre o madre no deben verlo como una actitud de rechazo o pérdida del control. Los padres necesitan ser constantes y coherentes. Deben estar disponibles como una caja armónica para las ideas del joven, sin dominar la identidad independiente que está surgiendo en el niño.

Aunque los adolescentes siempre retan a las figuras de autoridad, necesitan o quieren límites, lo cual les brinda una frontera de seguridad para crecer y desempeñarse. Establecer límites se refiere a tener regulaciones y reglas predeterminadas con respecto a su comportamiento.

Las luchas de poder empiezan cuando la autoridad está en juego o el “tener la razón” es el asunto principal. Estas situaciones se deben evitar, en lo posible. Una de las partes (normalmente el joven) resultará dominado, causándole desprestigio. Esto puede provocar que el adolescente sienta vergüenza, insuficiencia, resentimiento y rencor.

Los padres deben estar preparados y reconocer que existen conflictos comunes que se pueden desarrollar durante la crianza de los adolescentes. La experiencia puede estar influenciada por aspectos sin resolver de su propia niñez o de los primeros años del adolescente.

Los padres deben saber que los adolescentes desafiarán reiteradamente su autoridad. El hecho de mantener líneas de comunicación abiertas, al igual que límites o fronteras claras e incluso negociables puede ayudar a reducir los conflictos mayores.

La mayoría de los padres sienten que tienen más conocimiento y crecimiento propio a medida que se levantan frente a los retos de criar adolescentes.

 

Intereses futuros y cambios cognitivos

Tiene su interés centrado en el presente, y pensamientos limitados acerca del futuro.

Los intereses intelectuales se expanden y aumentan en importancia.

Adquiere una mayor capacidad para el trabajo (físico, mental y emocional).

 

Sexualidad

Muestras de timidez, sonrojo y modestia.

Desarrollo físico de las niñas antes que los niños.

Mayor interés en el sexo opuesto.

Movimiento hacia la heterosexualidad con miedos a la homosexualidad.

Preocupación con relación a su atractivo físico y sexual con relación a otros.

Frecuentes cambios en sus relaciones.

Preocupación de si es normal o no.

 

Moralidad, valores y dirección propia

Pone a prueba las reglas y los límites.

Aumenta la capacidad para pensar de manera abstracta.

Se desarrollan los ideales y se seleccionan modelos de comportamiento.

Mayor evidencia de tener consciencia.

Se experimenta con el sexo y las drogas (alcohol, cigarrillos y marihuana).

Los adolescentes pueden variar un poco de las descripciones que hemos ofrecido, pero estos sentimientos y comportamientos son, por lo general, considerados normales para cada etapa de la adolescencia.

 

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Lidiando con los trastornos de la alimentación

Lidiando con los trastornos de la alimentación

Posted on 15 May 2013 by elprogreso

En nuestra sociedad, la delgadez es un valor; y la obesidad, un fracaso. Incluso desde la infancia: hay niños de entre 6 y 11 años que llegan a rechazar a sus compañeros obesos. En este contexto, aparecen los trastornos de alimentación (anorexia, bulimia y obesidad), y conviene saber qué factores pueden predisponer a los niños a sufrirlos más adelante.

1) La anorexia se caracteriza por la necesidad de controlar el peso y por un miedo intenso a engordar y a perder el dominio de lo que se come, que lleva a la restricción paulatina de alimento. Se acompaña de un trastorno en la percepción de la imagen corporal. El control de la comida pasa a ser el eje en torno al cual gira la vida.

2) La bulimia consiste en la ingestión incontrolada de grandes cantidades de alimento, seguida de vómitos provocados y de sentimientos de culpa y desprecio, unidos a la pérdida de control sobre la alimentación, una preocupación excesiva por la figura y miedo a engordar.

3) La obesidad se diferencia de la bulimia en que los “atracones” no son seguidos de vómitos provocados. El régimen de alimentación es igualmente desordenado.

Existen características personales que protegen de los trastornos de la alimentación y que también se pueden aprender, como son la habilidad para entender y resolver problemas, la flexibilidad cognitiva, cierta aptitud para las relaciones interpersonales o la percepción positiva de la vida.

 

Coma correctamente desde la infancia

Asimismo es imprescindible para el equilibrio armónico de la persona aprender a comer correctamente en la infancia. Los hábitos que se adquieren de pequeño difícilmente se cambian después.

Pero también existen factores personales que pueden predisponer a los trastornos de la alimentación. Por ejemplo:

1.- Rasgos del temperamento. El perfeccionismo, la rigidez y la intolerancia a los errores son característicos de la anorexia nerviosa y de la bulimia. La ansiedad por la separación de los padres durante la pubertad también se relaciona con la preocupación excesiva por la comida.

La timidez y la inhibición ante las relaciones sociales y personales y la necesidad de autocontrol son características de la anorexia nerviosa. Las dificultades de control y organización, la impulsividad, la actividad y la inmadurez afectiva son típicas de la bulimia.

2.- La negativa a comer, así como las conductas fóbicas frente a algunos alimentos o el rechazo de nuevos sabores.

3.- Los problemas emocionales durante la infancia.

4.- Las actitudes familiares y sociales frente al peso y la imagen corporal, que influyen en el proceso de elaboración de la imagen corporal de los niños.

5.- Los estilos educativos de la familia. El control y la organización excesivos forman parte del medio familiar de muchos pacientes anoréxicos, mientras que el descontrol y el ambiente cargado de críticas son típicos de la bulimia.

La madre transmite al hijo el concepto de alimentos “buenos” y “malos”, de “buen” y “mal” sabor, el momento de comer y las cantidades razonables. Es frecuente que comer se convierta en un modo de compensación de las frustraciones y adquiera un contenido emocional en la vida de la persona. La manera de comer es, para el niño, un modo de relacionarse con la madre. Comer, conocer y querer van muy unidos.

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El desarrollo de la identidad personal

El desarrollo de la identidad personal

Posted on 01 May 2013 by elprogreso

Todas las personas, en todas las edades de la vida, necesitan un mínimo de autoestima bien entendida. La necesitan para confiar en las propias posibilidades y estar así siempre dispuestas a hacer nuevas y mejores cosas, para evitar posibles estados interiores de inseguridad e inferioridad.

Pero hay que estar prevenidos frente a la falsa autoestima, que es egolatría, autocomplacencia, autosatisfacción y permisividad, especialmente cuando nuestros hijos se encuentran en plena adolescencia.

 

Etapa de la adolescencia

En la etapa adolescente (etapa de los cambios bruscos en el desarrollo físico, de los miedos, de las dudas, de las indecisiones, de los complejos, de la inseguridad), suele aumentar considerablemente la necesidad de autoestima. En algunas investigaciones recientes se ha comprobado que la mayor o menor autoestima influye significativamente en la motivación y en el rendimiento académico de los adolescentes.

En algunos países (sobre todo en Estados Unidos) se ha puesto de moda últimamente la preocupación por la autoestima, hasta el punto de hacer de ella una obsesión. Desde algunas “nuevas” posturas psicológicas que pretenden resucitar las viejas teorías permisivas del psicoanálisis, se está intentando asustar a los padres y profesores con un “mal terrible” que acecha a sus hijos o alumnos: la falta de autoestima. Y para evitar que estos últimos lleguen a ser víctimas de ese mal, se recomienda a sus educadores desarrollar artificialmente y a corto plazo la autoestima de los niños y de los adolescentes con los procedimientos que expongo a continuación.

Todos los procedimientos están orientados al logro de un único objetivo: fortalecer el ego de los educandos para que se sientan bien consigo mismos:

1. Alabar a los hijos o alumnos por sistema, con independencia de su comportamiento. No importa que fracasen en sus estudios a causa de su vagancia; no importa que maltraten a sus padres y hermanos; no importa que derrochen el dinero y que vivan sólo para satisfacer sus gustos y caprichos personales. Lo único que importa es que se quieran cada vez más a sí mismos.

2. No culpabilizarlos nunca de nada, suceda lo que suceda (para que no pasen por la humillación de sentirse avergonzados).

3. No cuestionar ni criticar nunca lo que dicen o hacen (para que evitar que se enfaden).

4. Rebajar los ideales de vida (para que luego no sufran posibles decepciones).

5. Rebajar la exigencia todo lo que se pueda. Llegar a la tolerancia total o casi total. Todo vale, todo está permitido (para que puedan actuar siempre de acuerdo con el valor supremo: la espontaneidad).

 

Cuando los padres son indulgentes

Estos padres tan indulgentes con sus hijos suelen ser los mismos que esperan de ellos solamente una cosa: que triunfen en la vida como sea (que tengan un rápido éxito económico conducente al bienestar material y al brillo social). Esperan que triunfen en una sociedad supercompetitiva con la única actitud que se les ha desarrollado: la de quererse a sí mismos. ¿Cabe mayor contradicción?

Lo más práctico para desmitificar una educación reducida a autoestima, y una autoestima reducida, a su vez, a culto del propio “yo”, es comprobar cuál es el resultado al que se llega con ese planteamiento. Los hijos acostumbrados a ser alabados de forma incondicional suelen sentirse muy defraudados cuando, al incorporarse a la vida adulta, chocan con la realidad. Esa colisión les descubre, de pronto, que su autoestima está mal fundamentada y que, por ello, no es real.

Este tipo de hijos, en el momento de intentar abrirse camino en la vida profesional y social, tropiezan con dificultades inesperadas, reveladoras de que no son capaces o tan virtuosos como habían supuesto. Por primera vez se encuentran cara a cara con sus limitaciones y sus defectos; por primera vez alguien les dice que se han equivocado en algo o que tienen la culpa de algo que ha salido mal. La primera experiencia de depender de un jefe suele ser para ellos muy dura, pero también muy aleccionadora. Todo ello les permite descubrir que en el pasado se les infundió una autoestima por la vía del engaño.

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Comparta el hábito de leer con sus hijos

Comparta el hábito de leer con sus hijos

Posted on 16 April 2013 by elprogreso

Actividad solitaria por excelencia, la lectura debe, en un principio, ser compartida para existir plenamente. Entre el autor y el lector, hay intermediarios imprescindibles: editores, libreros, bibliotecarios, críticos y, en el caso de la literatura infantil, maestros y, muy especialmente, los padres.

La lectura abre al lector las puertas del mundo, más aún, de diversos mundos, tanto reales como imaginarios. Compartir los pequeños y grandes placeres de la lectura con el niño que aún no sabe leer n que está aprendiendo es un medio para lograr valiosos beneficios inmediatos y mediatos: favorecer su desarrollo como persona, acercarlo al mondo del saber, desarrollar su fantasía, establecer una base sólida para el aprendizaje de la lectura, estructurar su mente…, por citar algunos. ¡Y disfrutar, siempre!

 

Leer antes de aprender a leer

Todos los estudios lo demuestran. los niños que han entrado pronto en contacto con la lectura aprenden a leer más deprisa y con mayor facilidad. Y no se debe a que hayan aprendido a leer antes, en casa con sus padres. Lo importante no es que dominen el código de la letra escrita, sino que tengan el deseo de hacerse con los tesoros que la lectura contiene. Y cuanto más variadas sean las lecturas compartidas (cuentos, historietas protagonizadas por personajes fijos, poesías, informaciones sobre naturaleza o ciencia, etc.), mejor comprenderán que la lectura, más que un código secreto, es una llave maestra que abre todo.

 

Mil y una situaciones

Hay muchas circunstancias que se pueden aprovechar para compartir una buena lectura: en el coche, camino de casa, escuchando una casete con uno o varios cuentos: en la sala de espera del pediatra, donde un cuento puede hacer olvidar el miedo a la vacuna… Pero si hay un momento realmente estelar para esa lectura compartida es, sin duda, en la cama, cuando el niño se va a dormir.

 

Crear ambiente

El cuento de la noche merece tener un ceremonial propio. Para empezar, necesita un tiempo exclusivo, dedicado sólo a disfrutar juntos de la lectura, sin interrupciones. Además, ambos, adulto y niño, tienen que sentirse cómodos: sentados o tumbados, siempre cerca para que contemplar las imágenes sin dificultad y para intercambiar ternura. ¿Qué leer? La elección puede hacerla el niño, aunque también es bueno que se le presente alguna propuesta, sin olvidar que puede tener el mismo valor una historia con un profundo mensaje que otra más ligera que lo ayude a evadirse y a sonar con otros mundos.

En la lectura, el adulto no solo presta su voz, sino que debe sacar el actor que lleva dentro para dar emoción y fuerza al relato. Y, siempre, leerlo de principio a fin. Con un niño de 4, 5 ó 6 años, no vale el “Continuará…”: cuando entra en la historia, necesita saber cómo acaba para encontrar un sentido al conjunto y para disipar la inquietud que las peripecias de la trama hayan podido suscitar.

Si al final el niño quiere hacer algún comentario, hay que escuchar su reflexión sobre lo que acaba de escuchar. Pero el comentario debe ser espontáneo, no se puede forzar. No siempre hay algo que añadir al “Colorín colorado…”: la lectura es una actividad grandiosa, suficiente por ella misma.

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Al momento de ir a cenar con los niños

Al momento de ir a cenar con los niños

Posted on 03 April 2013 by elprogreso

El acto de comer es obligatorio y vital: hay que comer para vivir, evidentemente. Pero, desde su nacimiento, el ser humano busca en este acto, además de la satisfacción de una necesidad primaria, un intercambio y un placer compartido. Y esto es así durante toda su vida. El lactante busca la mirada materna y su contacto físico; tos adultos solemos celebrar en torno a una mesa los grandes y pequeños acontecimientos…

En la mesa, no sólo se comparten alimentos, sino también afecto. La mesa es el escenario de algunos de los mejores recuerdos de la infancia. Y también, demasiado a menudo, de roces cotidianos entre adultos y niños.

 

Ponerse a su altura

A la hora de la comida (o de la cena), los adultos no siempre somos capaces de adaptarnos a los niños, de ponernos en su lugar: les servimos raciones demasiado abundantes, les facilitamos cubiertos y vasos no adecuados para que los manejen unas manos pequeñas, les damos ordenes sin parar, insistimos para que se lo acaben todo… A este respecto, hay que tener en cuenta que el niño experimenta una saciedad sensorial: puede no querer acabar el puré de verduras porque ya no tiene hambre de ese alimento en concreto, pero sí de un segundo plato, o del postre. Aunque. Por supuesto, no se trata de tolerárselo todo. Otro problema frecuente es el ritmo: está probado que los adultos mismos comemos demasiado rápido. Y no es justo pretender imponerles nuestro ritmo a los pequeños, que necesitan su tiempo.

 

Un encuentro relajante

Para el niño, la hora de las comidas no tiene por qué conllevar una carga de tensión.., si el adulto no lo recrimina constantemente: «Ponte derecho, «Quita los codos de la mesa», «No te manches», «Sujeta bien la cuchara»… Con frecuencia, se le pide que no hable, mientras que los adultos conversan con toda naturalidad. Y no lo puede entender. Comer con los niños supone estar realmente con ellos: interesarse por sus cosas, escucharlos, intercambiar puntos de vista, adaptarse en lo posible a su ritmo… hacerlos sentir comensales, aunque tengan que dejarse para después las conversaciones de los mayores. Para los niños, las comidas son momentos de sosiego, tanto por el placer fisiológico que conllevan como por la atención y el afecto que se les dispensa en el transcurso de las mismas: el acto de ser alimentados propicia el intercambio de sonrisas, de miradas, de ternura, favorece una forma especial de complicidad. Comer o cenar en familia es una experiencia vital cuyo recuerdo perdura. Y hay que luchar para que esa experiencia sea lo major posible: encontrar un ambiente agradable, disfrutar de los alimentos, aprovechar la pausa en la actividad doméstica, sentirse bien juntos. La comida o la cena no son el lugar ni el momentoadecuados para evocar conflictos y, menos aún, para resolverlos.

 

Si los niños cenan con una cuidadora…

No tiene por qué ser un problema si la actitud de la persona encargada de cuidarlos es cariñosa: si está verdaderamente presente (no levantándose cada dos minutos), les cuenta cosas, les explica lo que hay en el plato, los escucha y también les dice por qué no come con ellos (porque no está en su casa, porque cena más tarde con su propia familia, etc.).

Por otra parte, la comida es algo más que materia comestible: los alimentos nos hablan de nuestra cultura, de nuestra pertenencia a un grupo (genéricamente al de los seres humanos, pero también a un tipo de sociedad, a una familia concreta…). Aprendemos a comer como aprendemos a hablar: la comida. lo mismo que el lenguaje, revela a qué universo pertenecemos. Pero, además, los alimentos también permiten al niño entrar en el juego de las relaciones sociales, comunicarse con los demás y, en definitiva, desarrollarse y crecer.

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La disciplina en los hijos

La disciplina en los hijos

Posted on 20 March 2013 by elprogreso

Al niño le cuesta distinguir entre lo que somos y lo que hacemos. Es frecuente que, cuando sus padres lo regañan, diga que «ya no los quiere», que «son malos». Pero es un resentimiento momentáneo. Cuando deje de estar enfadado, los «querrá» otra vez, así que no hay que caer en esa «trampa de la felicidad».

En este aspecto, no hay que dudar. La mejor herencia que podemos dejar a un niño es enseñarlo a querer, amándolo, y enseñarle el sentido de la disciplina, poniéndole límites.

Disciplina significa enseñar, no castigar. Si sólo castigamos, podemos conseguir, en el mejor de los casos, evitar una conducta incorrecta; en el peor, que esta conducta se repita para llamar nuestra atención y lo que nunca lograremos es que el niño aprenda a autodisciplinarse.

Poner límites de manera consecuente y eficaz es complicado, pero no tanto si las normas están pensadas y pactadas entre los padres de antemano y son conocidas y asumidas por los demás familiares y cuidadores. Es verdad que, a veces, cuesta mantener la coherencia. Los padres se encuentran frente a conductas difíciles de manejar y, si tienen un mal día (de mucha tensión o de poco descanso), ceden ante el niño sólo para tener paz.

El castigo, para que surta efecto y sea eficaz, debe ser contingente (el niño debe saber que puede ocurrir en determinadas circunstancias), ha de aplicarse inmediatamente después de la conducta reprobable y debe ser corto y coherente, según la importancia del incidente y respetando los sentimientos del niño (un niño sensible se sentirá desolado por castigos que serían adecuados para otro más activo).

A los padres que dudan sobre la eficacia de la disciplina los ayudará saber que el niño siente que la necesita, y la busca. Hacia el final del segundo año de vida, el niño empieza a «provocar» para que se le marquen límites. Si no existe disciplina, se vuelve nervioso y se comporta mal para que se la impongan, pues sabe que él no puede hacerlo por sí mismo.

 

Con límites claros

Si los límites son claros, el niño los acepta como propios. Mientras que si se dan de una manera dudosa, le provocan incertidumbre.

La autodisciplina llega en tres etapas: primero, el niño prueba los límites, explora; después, provoca a los demás para saber lo que está bien y lo que está mal y, finalmente, interioriza esos límites.

Hay que adaptar la disciplina a cada etapa de desarrollo del niño. A partir de los dos años, ya se le debe pedir una explicación de sus razones para portarse mal, tratar de ver qué ha producido la conducta inadecuada e intentar que comprenda. Y hay que ayudarlo a establecer mecanismos de control sobre las situaciones con un ejemplo. Cuando se cumple el acto de disciplina, hay que razonar qué se persigue con él. Se puede utilizar el aislamiento como castigo, sólo por poco tiempo, pero, si se emplea el castigo físico, el niño pensará que el adulto cree en la eficacia de los comportamientos violentos y le dará pie a ellos

 

Cuando la disciplina no responde

Si la disciplina no funciona, tal vez los padres están reaccionando desproporcionadamente o de forma ineficaz. Hay que analizar cuándo se ha comportado mal el niño, qué ha pasado antes, quién estaba presente, dónde, cómo hemos reaccionado previamente ante las mismas conductas…

Cuando se castiga a un niño, siempre hay que comunicarle que lo queremos pero que no podemos permitirle que se comporte mal y que, cuando él se controle, ya no tendremos que hacerlo nosotros.

 

Alabarlo cuando hace lo correcto

Cuando haga las cosas bien, hay que alabarlo y decirle lo que nos gusta de él (si se ha esforzado para escribir con buena letra, si se concentra bien, si ha sido amable y cariñoso, si ha sido obediente, si ha comido sanamente…). Porque los niños también necesitan que reconozcamos sus esfuerzos.

Deben saber que nos enorgullece que hagan las cosas bien.

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El desarrollo del equilibrio afectivo en los adolescentes

El desarrollo del equilibrio afectivo en los adolescentes

Posted on 06 March 2013 by elprogreso

El ser humano no puede explorar y dar significado a los fenómenos y hechos que se producen en el mundo ni a sí mismo, si no es desde una cierta confianza básica que proporciona el afecto.

Tampoco puede conseguir su desarrollo equilibrado como persona si no es capaz de tomar  decisiones de forma segura y autónoma. Ambos aspectos: la seguridad afectiva y la autonomía responsable (Yela,1980) se fomentan y desarrollan en el seno del núcleo familiar. Estas vivencias, que envuelven todo el crecimiento del adolescente, son básicamente las siguientes:

* Desarrollo físico y sus efectos psicológicos en la pubertad.

* Usos del pensamiento y razonamiento desde proposiciones y abstracciones.

* Dominio del concepto de sí mismo y la crisis de identidad.

* Cambios en las relaciones con los adultos y especialmente con los padres.

 

La seguridad afectiva

Durante la adolescencia la persona está especialmente sensible a la afectividad (entendida como experiencias interiores en las que motivaciones, emociones y sentimientos se entremezclan de manera confusa). Es más, en contra de lo que generalmente se piensa, el afecto es un sentimiento sobre el estado de la propia conciencia que no se diferencia esencialmente del conocimiento que posee una persona. Es decir, el afecto es una forma muy singular de disponer e interaccionar aspectos cualitativos del conocimiento en relación a las vivencias particulares (Pinillos, 1976), lo que implica que el conocimiento influye en el desarrollo de la afectividad o ésta, a su vez, es una manifestación del conocer. Y todo ello desde la inevitable unidad el conocimiento (González, 1999), de manera que en el equilibrio en esta unidad, en las diferentes manifestaciones del conocer, está presente la receptividad que proporciona el afecto.

Por otro lado, la dificultad de educar el afecto procede, en gran medida, de la complejidad de las manifestaciones que intervienen en el desarrollo del equilibrio afectivo y cómo son vividas, con especial intensidad, por las personas con superdotación. Estas manifestaciones son básicamente las siguientes:

 

Los sentimientos

Son estados de ánimo relacionados con el placer y el dolor; su desarrollo tiene un cierto carácter social, ya que en ellos influyen las formas de vida, en las que están presentes las normas, costumbres, hábitos y creencias (¿valores culturales?) en las que participa la persona. Además, desde los sentimientos se generan los estados de ansiedad que suelen aparecer en los superdotados por una sobrestimulación, que es provocada por un estadio de permanente búsqueda intelectual con el afán de “categorizar y comprender la realidad circundante” (Goldstein, 1939), a la que responden con una atención y vigilancia profunda.

 

Las emociones

Son básicamente agitaciones de ánimo; un cierto carácter individual, ya que depende, en gran parte de la comprensión del hecho que las provocan y de la actitud que la persona adopte ante tal situación. Además desde las emociones se explica la hipersensibilidad que manifiesta la capacidad que tienen los superdotados para atender simultáneamente a más de una fuente de información y de asimilar de manera extraordinaria los datos sensoriales.

 

Búsqueda de la autonomía responsable

Entre las motivaciones más comunes que inducen los cambios en el comportamiento de los adolescentes, y que repercute en la relación con los padres, está la búsqueda de sentido o cauce de su proyecto de vida. Para su consecución el joven pone en marcha mecanismos psíquicos peculiares de este periodo evolutivo como son, entre otros, el afán de independencia, el logro de autonomía y la aceptación de su originalidad, ya que su consecución posibilita al adolescente determinar su función como individuo dentro de una sociedad. Estos y otros comportamientos característicos de la edad adolescente no están motivados por un hecho o situación aislados sino que derivan de la trama

simultánea que se establece entre los cambios biológicos y sus repercusiones psíquicas, las interacciones con el entorno social y los vínculos de afecto mantenidos en el seno familiar.

En síntesis, cabe apuntar que los padres de los niños superdotados deben favorecer en sus hijos comportamientos que desarrollen el equilibrio afectivo, de manera que contribuyan a disminuir las dicotomías en sus actitudes de tolerancia-rechazo, ambigüedad rotundez, entusiasmo-depresión, constancia-apatía, etc.., puesto que todo ello ayudará a su hijo a clarificar, en este delicado periodo vital, sus intereses y, a tomar decisiones de cómo resolver situaciones difíciles que se le planteen en su vida.

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La típica rivalidad entre los hermanos

La típica rivalidad entre los hermanos

Posted on 21 February 2013 by elprogreso

No es extraño que el hijo único, cuando nace un hermanito, se sienta abandonado y se enfurezca con sus padres. Entonces, tiende a “molestar” al bebé, para que sus padres tomen partido en esa rivalidad.

La mayoría de los hijos segundos aprenden enseguida cómo atraer la atención de los demás. El mayor se aísla y observa cómo todo el mundo hace caso a su hermano. Para evitar este aislamiento, conviene enseñarle a compartir y a hacerse responsable del bienestar de su hermano menor y de la familia. Se le puede pedir que colabore en el cuidado del bebé, que traiga los pañales, le dé de comer, empuje el carrito, escoja su ropita y ayude a vestirlo… Hay que contarle que a todo el mundo le gustan los bebés, pedirle que se pongan a nuestro lado si se siente solo y, cuando la gente se vuelque con su hermanito, mostrarle nuestra cercanía estrechando su mano o abrazándolo.

Cuando los hermanos se pelean, los padres se sienten culpables, desmotivados en el cuidado de los niños. Para evitar esa sensación, al volver a casa del trabajo, antes de emprender las siguientes obligaciones, es conveniente intentar hablar y estar un rato con cada hijo, preguntar a los niños qué tal les ha ido el día, pedirles que ayuden en las tareas de la casa… Lo ideal sería que cada progenitorreservara un rato para cada hijo, especial, a solas, durante el fin de semana.

Los padres tratan de dar un trato igualitario a los hijos, pero cada niño es diferente y necesita que se le vea de un modo diferente. Es inevitable tratar a los hijos según el sexo. La edad y el lugar que ocupan en la familia influyen también en la manera en que se les trata. El mayor siempre es especial para los padres. Es cierto que suele recibir toda la presión y sufrir todos los errores, pero también goza de una relación “de privilegio”. Se le da cierta responsabilidad en el cuidado del menor y en las tareas domésticas, lo que le otorga una sensación de capacidad que se prolongará en su vida adulta.

El hijo segundo se suele quejar de que nadie lo quiere, sobre todo si hay más hermanos menores pero, si no se presta atención a su queja, se dará cuenta de que él también tiene su parte de atención.

 

Rivaldiad con los primeros

La mayoría de los hijos medianos se vuelven competitivos y triunfan en su rivalidad con los primeros.

Los siguientes hijos se sentirán aún con menos privilegios, pero aprenderán a heredar muchos de sus hermanos mayores. Si al más pequeño se le consiente todo, tendrá un sentimiento de desvalorización. Por eso conviene enseñarle a compartir y a colaborar con los demás.

Cuando los padres dejan de sentirse culpables por dar menos a un hijo que a otro, encuentran más fácil no involucrarse en las peleas entre ellos, no intervienen y evitan que los niños los manipulen.

Por eso hay que dejar que los hijos resuelvan sus diferencias entre ellos sin dar la razón a nadie. Lo mejor es salir de la habitación y pedirles que arreglen solos sus problemas. Así se pelearán mucho menos. También es conveniente tratar de que jueguen solos el mayor tiempo posible. Si discuten, no hay que tomar partido, salvo si es necesario separarlos. En general, la intervención de los padres es un incentivo para continuar la rivalidad. Resulta asimismo beneficioso llevar a casa amigos de la misma edad.

Si, ya de mayores, siguen peleándose hay que preguntarles qué creen que se debe hacer para que resuelvan ellos mismos sus problemas. Así se les hace responsables de su conducta. De esta manera aprenderán a respetarse y a cuidarse. Los “enemigos” llegarán a ser los mejores aliados.

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Educar, también, a los niños como futuros padres….y esposos

Educar, también, a los niños como futuros padres….y esposos

Posted on 06 February 2013 by elprogreso

En los últimos años, desde los medios de comunicación y desde la sociedad misma, los hombres se han sentido impulsados a adoptar un modelo de “nuevo padre y compañero” más implicado en las labores domésticas, en la educación de los niños… Cuando los hombres no se adaptan a este modelo, o simplemente deciden ignorarlo, se tiende a culpar de ello a sus madres.

Hay psicoanalistas que sostienen que el hecho de que una madre tenga un hijo varón implica para ella un placer mayor, porque siente que el niño, de alguna manera, la completa.

 

“Te quiero mucho…, y a papá también”

Para evitar este problema que aparece en el camino de algunas madres de hijos varones, es conveniente que éstas permitan que su marido ocupe todo el espacio que le corresponde. Lospsicoanalistas señalan que es importante que las madres que tengan chicos intenten enseñarles cuál es su lugar y que les recuerden a menudo que son pequeños y que los quieren mucho, pero que también quieren mucho a su papá, que es mayor. Y que, algún día, ellos también serán mayores y querrán así a su mujer. Del mismo modo, aconsejan evitar expresiones que puedan hacer pensar al niño que su madre le pertenece exclusivamente.

Diálogo para valorarse y valorar

Los padres tienen un papel fundamental que desempeñar con respecto a su hijo. Deben subrayar y valorar lo que caracteriza su sexo, porque existen las diferencias entre los niños y las niñas. Por ejemplo, los niños son más dados a la acción; y las niñas, a la reflexión. El padre puede ayudar a su hijo a controlar su exceso de energía, puede apoyar su deseo de acción, al tiempo que le descubre

otros valores, los del otro sexo. Ser un hombre implica asumir la masculinidad y aceptar también la parte de feminidad que todo hombre lleva dentro. Evidentemente, la falta de diálogo levanta una barrera entre hombres y mujeres. Algunas mujeres se quejan de que el hombre con el que viven nos demasiado comunicativo, pero lo excusan con cariño: “Es que su madre no hablaba mucho con él…”

 

“Quizás algún día seas padre”

La verdad es que se tiende a hablar con mayor naturalidad con las niñas de su futuro como madres que con los niños de su futura paternidad. Y es un tema que también conviene abordar con ellos.

Un niño que juega con una muñeca puede propiciar la ocasión de decirle que también él, si tiene un hijo o una hija cuando sea mayor, acostará a su bebé en la cuna y le dará el biberón. Pero a muchas madres les cuesta dejar entrar en esa parcela a los hombres. En algunas familias, prefieren dejar al bebé a cargo de la hermana mayor, aunque haya un hermano de más edad. Y en cuanto éste se muestra torpe, se le envía a jugar a su habitación en vez de indicarle cómo hacerlo mejor.

 

El mejor ejemplo, en casa

Antes de convertirse en un buen padre, hay que pasar por el estadio de buen compañero. En este terreno, un ejemplo vale más que mil palabras. Ver cómo el padre quita la mesa y pasa el aspirador hace que los hijos varones asuman como algo natural el reparto de tareas. Y, por coherencia, no se debería exigir a las niñas tareas que no se pide a los niños. Más allá de los actos y las palabras, lo fundamental es el modo en que los niños y niñas perciben el respeto que se profesan sus padres, tanto como pareja como en su papel de progenitores. Eso es mucho más importante que compartir la fregona y la escoba (¡pero que esta reflexión no sirva de excusa a los padres para sentarse cómodamente ante el televisor!).

Y si un padre no es precisamente un modelo en ese sentido, es preciso intentar el diálogo tantas veces como sea necesario, pero siempre en privado. Hacerlo en presencia de los niños sería como descalificarlo. En la mente de los pequeños, esos altercados se traducen así: “Cuando papá friega, lo hace para complacer a mamá, que se lo ha dicho 10 veces, pero no porque realmente piense que debe hacerlo”. En definitiva, no hay que regatear esfuerzos para conseguir que nuestros hijos formen parte activa de una sociedad en la que todos, hombres y mujeres, se sientan más felices.

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