Todos los especialistas en educación recomiendan dar esta información antes de que ocurran los cambios. La pubertad no ha de ser el momento elegido para explicárselos a nuestros hijos, ya que en esa época él se ve inmerso de lleno en el proceso. El tema ya no es tan sencillo como ha podido ser en etapas anteriores.
Adelantándose a la pubertad se evita que los hijos se sorprendan o se asusten por lo que les pasa. Además, facilita mucho el diálogo el que no esté despierto todavía el instinto sexual. Los papás pueden conseguir con su hijo de diez años conversar sin ninguna perturbación, ni influir en sus impulsos.
Para evitar mayores dilaciones, los papás cortos de genio debieran fijarse una fecha límite: cuando el hijo cumpla doce años debe estar al tanto de todo lo que ocurrirá en su cuerpo, de día y de noche.
Para hablar con nuestros hijos hay que usar los términos correctos y estar bien informado sobre lo que la biología nos ha enseñado, pero además es clave abrir un horizonte de idealismo al joven y sobre todo, situar a la mujer en un plano importante para él. Hasta esta edad, lo común es que los niños no se hayan fijado para nada en ellas y sería muy lamentable que pasaran de la indiferencia a la obsesión.
En la pubertad se producen
otros cambios
El estirón de talla típico de esta edad. Comienza en unos límites de tiempo muy amplios: en los niños más precoces, a los diez años y medio. En otros, de maduración tardía pero normal, a los 16 años. El proceso se completa entre los trece años y medio y los diecisiete años y medio en unos y otros, aunque puede continuar un ligero crecimiento durante varios años después del estirón espectacular.
Los músculos de los niños se vuelven mucho más fuertes y mejor coordinados. Hay un engrosamiento notable de las masas musculares en las extremidades y el tronco, a la vez que éste se ensancha por su parte superior a la altura de los hombros.
La piel también se ve afectada. La grasa se hace más espesa y obstruye los poros por los que debería salir al exterior. Esto da lugar a las espinillas y al acné, quizás el aspecto más desagradable de todos los cambios físicos de la adolescencia.
La voz de los hijos comienza a sonar diferente. Tanto, que puede ser un motivo de vergüenza y sonrojo. Ocurre que los cartílagos que forman el aparato fonatorio en la laringe aumentan de tamaño, sobresaliendo a través de la piel en lo que se denomina “nuez”. Las cuerdas vocales se hacen más gruesas. Estos cambios hacen que la voz se haga más grave y profunda. Durante un tiempo variable, sin embargo, la voz puede oscilar entre un tono agudo y otro grave, produciendo los característicos “gallitos”.
Si queremos que la información sexual sea realmente educativa, no podemos quedarnos en proporcionar una explicación científica de los cambios psicofísicos que se producen en la pubertad. Esto pueden verlo los hijos en cualquier libro. Los padres, en cambio, podemos darle al proceso la dimensión humana que posee.
Cómo explicarle mejor
De todos modos, existen cuatro requisitos básicos que no debemos olvidar, cuando hablemos de estos temas con nuestro hijo hombre:
1) La información debe ser veraz.
2) Debe ser oportuna en el tiempo y en la situación.
3) Debe darse con naturalidad.
4) Debe ser siempre personal.
A todo esto hay que añadir un punto esencial: una auténtica disposición al diálogo en los padres. Diálogo, no monólogo del padre. Hay que saber escuchar.
No se trata de convencer con argumentos aplastantes, en conversaciones que más parecen sermones. A partir de los doce años hay que sugerir, suscitar temas, lograr que sea el hijo quién piense y decida, que asuma sus criterios. La información que le vayamos proporcionando puede completarse con algún libro o folleto que se adapte a su edad y madurez. No cometamos el error de dárselo todo digerido: no educa mejor el que suple, sino el que enseña a formar criterio.
Se debe tomar en serio todo lo que el hijo dice y examinar los pro y contras de lo que se plantea, dándole elementos de juicio y ampliándole horizontes para que el mismo tome sus propias decisiones.

